Wines and the City

Desesperate housewives

Esta serie quería ser mi consuelo por el final de Sex & the City. Pero no lo fue. Las amas de casa de Wisteria Lane no eran glamourosas como las chicas de New York. No me sentía representada por “las mujeres desesperadas” porque estaban casadas, con hijos, casa, perros, vecinos, iban al super, hacían cookies y se emborrachaban con Pinot Noir en el porche. Tampoco era que mi vida amorosa era como la de Samantha o que compraba tantos Manolos como Carrie, pero al menos escribía, era soltera y vivía en una ciudad donde hacían coktails y podías pillarte un taxi! Desesperate housewives nunca ha querido ser una falsificación de la realidad, con sus asesinatos, sus ironías, sus malentendidos, sus finales redondos. Siempre ha sido un guiño a las sensaciones, a las cosas que no se dicen, a los sentimientos que escondemos debajo una sonrisa. Una gran elogio a todas esas amas de casa frustradas que tienen una vida alternativa que solo ellas entienden. He aprendido muchas cosas de la serie, sobretodo de la estructura narrativa. La voz en off de una muerta, el leit-motive de cada capítulo, la caricaturazión de los personajes… I love Bree Van de Kamp, la relación del matrimonio Schavo, las flipadas de Grabrielle Solís, la valla blanca de la entrada de cada casa, la cámara panorámica, la cultura gastronómica de la serie… Un episodio, el de la muerte del manitas del barrio el día antes de su jubilación con un flashback de los primeros encuentros con sus vecinas, un capolavoro de los guionistas. No tener miedo a matar personajes y continuar resucitando otros. El otro día vi el último capítulo. Se acaba que todas esas damas de un barrio residencial que solo se quejaban, cotilleaban y cocinaban en su treintena-cuarentena, se ponían a trabajar en la cincuentena. Todas menos Susan que es la única que trabajaba escribiendo cuentos para niños en la primera temporada y que en la última se encarga de cuidar a su familia. Se tiene que ser muy valiente, segura y ordenada mentalmente para aguantar el peso de una casa donde no hay incentivos y solo cosas por hacer. Nice. Creo haber deducido de estas ocho temporadas que aunque me llegue a costar dinero voy a seguir trabajando, porque ahora que vivo en un pueblo muy a las afueras de mi mundo, no quiero acabar desesperada.

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