¡Descorchemos las palabras!

Artículo de Meritxell Falgueras publicado en el blog Tinta de Calamar (Cadena SER)

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–  ¿Quiere degustar una bodega boutique que trabaja con viñas viejas de manera muy pasional? Tienen un reserva que será un icono primeum de estilo borgoñón de aromas varietales de 100 puntos Parker donde el terroir es el protagonista y…

–  No quiero saber más, gracias. Tomaré un refresco

No quiero que esto pase en un país productor como el nuestro. He construido esta frase utilizando los 10 términos que, según Grabiel Savage, del Drink Business,son los más irritantes para el consumidor a la hora de hablar de vino. Yo cambiaría algunos de los anglicismos por nuestros ‘de casta’, ‘afrutado’ y ‘redondo’, pero eso da igual. Lo que tiene importancia es cómo podemos comunicar, seduciendo con el lenguaje sin que el consumidor cambie de canal. ¿Dónde esta el equilibrio?

Si lo haces didáctico, divertido y fácil lo tachan de superficial y poco profesional. Si lo haces serio, resulta aburrido, elitista e incomprensible. ¿Qué queremos que sea el vino? ¿Un amigo que nos ayude a disfrutar más de la gastronomía y de las palabras? ¿Un producto cultural de lujo? ¿Una religión? ¿O simplemente lo que es: el fruto del paisaje? En este país no lo sé. En Estados Unidos quieren que el vino se venda. Y por ello todo lo hacen muy formalmente informal.

Quien quiere más información va a las bodegas. Pagando, que nada es gratis en esta vida y menos los domingos, cuando los bodegueros querrían estar con la familia y los visitantes quieren emular a los protagonistas de Entre copas. ¿Queréis beber sin tener que conducir? En Napa Valley tienen un tren para ello y, si no, dependiendo del presupuesto hasta se podría alquilar una limousine. ¿Qué bodega visito? Tienes los catálogos  gratuitos en todos los restaurantes y tiendas con las bodegas divididas por zonas, variedades con toda la información ¿Y qué le compro a mi prima que no ha podido venir? Al final de la visita hay todos los souvenirs imaginables para poder seguir degustando el vino con todo lo que has querido aprender.

Después de Disneyland, la zona de las bodegas concentradas entre Napa Valley y Sonoma es la segunda atracción turística en California con 8 millones de visitantes anuales. Algo estarán haciendo bien los americanos. ¿Y nosotros? El fraile mallorquín Junípero Serra fundó las primeras misiones californianas y fue el culpable de que en el siglo XVIII se empezara a cultivar la vid.

Ya que somos exportadores de la tradición, ¿por qué no importamos un poco de esa mentalidad americana, si nos hace entender (y vender) más vino? Debemos construir, no destruir (y menos ahora). El consumidor tiene que disfrutar bebiendo vino. Y basta. Que pueda decidir él cómo, el cuándo y el lenguaje de la cata. ¡Pero que sea uno que pueda comprender!

En América ningún camarero te mirará con desprecio si pones hielo en la copa de blanco (aunque tengo que reconocer que es una imagen que me cuesta digerir). ¿Qué importa si no lo sabe decantar? Lo que importa es que tenga ganas de repetir porque esa botella de vino le ha hecho vivir un gran momento. El vino existe, con sus enotecas y sus expertos, con las revistas especializadas y sus periodistas, con los agricultores y los diseñadores de etiquetas, gracias a que los consumidores deciden pedir vino en vez de un refresco. Y así, cada día un poco más, la sed de conocimiento irá vaciando esas barricas. La gente solo entiende una lengua: la del buen gusto.

Meritxell Falgueras

*Foto: Gianni Dominici via photopin cc

 

Già l’ho sentito

Frutta rossa matura, spezie, tostato, un tocco di vaniglia, un po’ di liquirizia… ma questo vino l’ho già sentito! Sto perdendo olfatto, o tutti i vini cominciano ad avere lo stesso odore? Forse la colpa è della coltivazione delle stesse varietà: cabernet sauvignon, merlot, syrah… Quando iniziamo a perdere autenticità per copiare gli aromi?

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Sì che esistono vini più continentali con mencia, buoni risultati con la bobal e buoni adattamenti della tempranillo. Tuttavia, con la parkerizzazione del gusto, la sovramaturazione polifenolica, la lunga macerazione con le bucce e botti nuove tostate fanno sì che molti vini perdano l’identità del loro terroir e ci mostrino soltanto il loro profilo più fotogenico. Vini modello, che sono tecnicamente perfetti, come quelli del nuovo mondo, ma a cui manca la personalità di quel neo sulla guancia che alla fine risulta essere il particolare più sexy. Sennò, ditelo a Cindy Crawford, che contava più ammiratori di Claudia Schiffer, la Barbie perfetta. Dicono che le cose che sono di moda smettano di essere in quando le portano tutti. Gli intenditori parlano di una tendenza di vini più personali e originali, ma sul mercato la realtà si è fermata alla fase bomb fruits, che è come dire che ci piace Scarlett Johansson perché ci ricorda la voluttuosa Marylin, che bramiamo ad ogni sorso. Sebbene si favoriscano le varietà autoctone come la garnacha e il monastrell, le mencias del Bierzo segnano una tendenza. Le varietà più commerciali continuano a vendersi (e, cosa ancora più importante, a bersi!), come il trionfante chardonnay, il profumato sauvignon blanc, il floreale gewürstraminer, il caratteristico albariño, e il tropicale verdejo. Ma per i vini più cult, il più quotato è il godello galiziano. Per i rosati, i tradizionali vini di garnacha e tempranillo della Rioja e di Navarra, o la concentrazione di cabernet e merlot, risultano sostituiti dalla freschezza della pinot noir.

Questo vino l’ho già sentito. Tutti i rossi hanno la stessa descrizione visiva: “ciliegia Picota, intenso, lacrima lenta”, sebbene abbiano quattro anni di bottiglia. È colpa del cambio climatico o del fatto che ci siamo abituati ad usare silicone e a tingerci i capelli? Le donne più desiderate di Hollywood sono Penelope Cruz e Carey Mulligan, donne con carattere, che il trucco può soltanto migliorare. Ma niente botox come Kim Basinger, e niente statue di cera come Nicole Kidman. Per continuare ad essere sulla bocca di tutti, la cosa migliore sono i vini alla Meryl Streep: quelli che sanno invecchiare ed adattarsi, senza permettere alla moda di eclissare la loro essenza. 

Meritxell Falgueras

(Photo source: Flickr – Kathy Ponce)

Vinos y leyendas

Artículo de Meritxell Falgueras publicado en el blog Tinta de Calamar (Cadena SER)

Vinos y leyendas

¿Quién no ha oído la historia de uno que fue al Bulli, se equivocó al pedir el vino y le trajeron una cuenta de más de 2.000 euros? Por suerte, al cerrar se acabó el mito porque me contaron tres veces casi la misma historia. Y cuando pedían la cuenta el mismo Ferran Adrià venía a saludarles y a decirles que, por supuesto, estaban invitados a la cena. Pidieron dos botellas que no podían pagar ni con todas las tarjetas de crédito de la mesa. Pero siempre es el primo de la amiga de un compañero de trabajo. Nunca nadie conoce directamente a la víctima.

Para asegurarme le pregunté a Ferran Centelles, el sumiller del Bulli, que seguirá teniendo su papel en la fundación. A la gente le encantan las historias de miedo y el vino, como cualquier otro tema, puede acabar protagonizando un cuentoLas leyendas urbanas tienen eso: son mitos, sucesos que no se han demostrado o que, directamente, son mentira pero que la gente tiende a creerse… por si acaso.

La cucharita para los espumosos, es otro gran ejemplo. Siento decirle a los miles de bebedores que lo hacen a modo de costumbre que su efecto es prácticamente nulo. Solo podría aportar una mínima acción antiesbrabante por ser de acero inoxidable y, en la nevera, funcionaría como catalizador de temperatura y con el frescor habría menos desprendimiento de carbónico. A parte de eso, lo otro es psicológico.

¿Queréis más? ¡La de los Petrus falsos! ¿O pensabais que el vino iba a ser menos que un Prada? Pues no, no se escapa de las etiquetas falsas que intentan reproducir la marca con productos de una calidad para nada ecuánime. Lo que es un plasticazo imitando a un bolso de piel, lo puede ser un vino mediocre haciéndose pasar por un Grand Cru bordelés. Las víctimas: mercados asiáticos jóvenes en el consumo y especialistas en el tema de las copias.

Otra de mis leyendas urbanas preferidas: las 1.000 cosas que le echan al vino, cuando fermenta, para que coja sabor. Rumores de quiebras familiares y elcritiqueo propio de la envidia (que siempre es mejor que dar pena). Si se ordenasen debidamente podrían dar pie a una publicación del tipo Qué Me Catas, con historias como la de aquel sumiller que no se puede ver con aquel otro elaborador y que, una vez, casi se pegan en el hall de un hotel.

Podría hablar también de los puestos de poder vitalicios de los que gozan algunos personajes con puestos dictatoriales, o de que tal crítico no supo diferenciar unriesling de un chardonnay. O de que si tal periodista trabaja para una marca en concreta y le pasan un sueldo. O de que el jurado de x concurso estaba trucado. O de que los vinos biodinámicos son algo de hippies y que los ecológicos son sólo cuestión de marketing. O de que si a tal bodega le quedan cuatro telediarios y dan vino pasado y de cupages de distintas calidades. Y así no acabaríamos nunca…

¡Si mafia y corrupción seguro que hay! Como en toda la viña del señor… Pero más en la distribución de vinos, que es un pirateo continuo, donde ya no hay fronteras ni elegancia. Lo importante, de todas formas, es que hay tantísimas historias increíblemente falsas como verdaderos mensajes de sonrisas embotelladas que vale la pena degustar.

Ya se sabe que las leyendas urbanas son relatos del folklore contemporáneo que, pese a contener elementos inverosímiles, se presentan como hechos reales sucedidos en la actualidad. Todo ello se va fosilizando en nuestra historia y en nuestra mente.

Mirando el lado positivo, el vino aún se ha llevado la mejor parte si lo comparamos con los perros que se sirven en la restauración china o el bulo de que la Coca-Cola puede deshacer un trozo de carne. Y el consumidor, por si acaso, vuelve a preguntar que esa botella de vino cuesta 10 euros, no sea que se hayan olvidado un par de ceros y que les pase como esas dos parejas de amigos que fueron al restaurante de Roses y pidieron un vino que les sonaba muy bueno y se habían equivocado con el precio… ¡Seguro que los cocodrilos que viven en las alcantarillas de Nueva York tienen la solución!

*Foto: Flickr – carulmare

Sumilleres por el mundo

Artículo de Meritxell Falgueras publicado en el blog Tinta de Calamar (Cadena SER)

Si hasta se ha hecho un programa de televisión es porque ya hay muchos españoles por el mundo, y algunos son sumilleres de corazón (porque se trata de una profesión pasional). Gente que no ha emigrado por la crisis, que podría ser, sino porque el vino les ha llevado a inspiradoras y deliciosas ciudades.

Rut Cotroneo, por ejemplo, soñaba con hablar francés y vivir en París, y ya lleva tres años en el Hyatt Park Hotel de la Rue de la Paix, sede del restaurant Pur, con una estrella Michelin. Bruno Murciano empezó en el Ritz de Londres y, además de elaborar un vino con bobal de su tierra, ya lleva más de 10 años dedicándose a la comercialización en la City.

Rut Cotroneo en un hotel

Rut Cotroneo en un hotel

Lucas Payá se fue de la Cala Montjoi (el Bulli) para ir a Nueva York. La misma ciudad que alberga a la familia del bodeguero Pepe Raventós, quien, hace un par de años, decidió dirigir su bodega de cava de Sant Sadurní desde la ciudad de los Rascacielos.

También los hay que, aun teniendo la residencia en la península, son de los más internacional. Como nuestro sacerdote del vino: Josep Roca. El sumiller y propietario del mejor restaurante del mundo (según Restaurant Magazine) que ha seducido al mundo con El Somni, una ópera-menú degustación que ha compuesto junto a sus dos hermanos: la parte salada y dulce del Celler de Can Roca.

Ferran Centelles es un sumiller formado en Francia e Inglaterra que sigue teniendo la humildad del chaval del barrio de Sants que ahora puntúa los vinos españoles de la dama de hierro del vino: Jancis Robinson [link en inglés]. Y el que estaba en su lugar, Luis Gutiérrez, ahora se ocupa de dar los prestigiosos Puntos Parker [link en inglés].

Y qué decir de los enólogos que viajan para aprender de márqueting en los Primeursde Burdeos y visitan diferentes zonas vinícolas para formarse. Para los que hacen espumosos, por ejemplo, es obligado ir a Champagne. Y para aprender lo último en vinificación de blancos, hay que ir a Nueva Zelanda…

Fuente: Flickr*

Los bodegueros también viajan muchísimo porque, para que los vinos se vendan, hace falta una historia, una cara, un tonoÁlvaro Palacios está más días moviéndose por el globo que en su casa pero se mantiene bien arraigado al Priorato. Y Juan Carlos López de La Calle, cuyo Viña El Pisón ha cumplido 19 años de promoción mundial, de Rioja al mundo. Pero los hay que son flight-winemakers y los que son car-winemakers, como el super Mariano García que va de Toro a Ribera como quien va a la cocina.

En esta época en la que, en España, lo difícil es cobrar (no sólo vender), salir de tu país puede hacer que tu empresa triunfe. La exportación, para muchos, es la única salida. Pero se ha de seguir al cliente, ir cuando te piden degustaciones, visitar las enotecas y restaurantes que tienen tu producto…

¡Por eso hay tantas ferias! Las citas anuales de Vinitaly (Verona), Prowein (Düsseldorf) y London Wine Fair. Cada dos años, Alimentaria, en Barcelona (los pares), y Vinexpo, en Burdeos (los impares). Concursos internacionales como el ITQI de Bruselas o el itinerante Concours Mondial, y también eventos varios siempre productivos: que si el Merano Wine Festival, que si el Fórum Gatsronómic de Girona

¡No hay tiempo de pensar a dónde quieres ir de vacaciones cuando se para de catar! Y sí: las vacaciones de los que nos dedicamos a esto suelen tener lugar, por si lo dudabais, entre viñas y por los paralelos donde crece la vid.

Nada más lejos de la realidad que una servidora: trabajo en Barcelona, soy jurado internacional, estudio en Londres el Diploma del WSET y vivo en la Toscana. Si alguien quería ser Willy Fog, aquí tiene una profesión que le hará girar algo más que la cabeza.

 

*Fuente: Flickr – portobayevents

Londres, capital del vino

Artículo publicado en el blog “Tinta de Calamar” de Cadena SER

Londres es la ciudad de oro para estudiar todo lo relacionado con el marketing internacional del vino. La mayoría de Masters of Wine son ingleses y la escuela delWine & Spirit Education Trust (WSET) está cerca del icónico Tower Bridge. Aunque la última edición de la London Wine Fair (la feria profesional de bebidas más importante del mundo) ha bajado en número de visitantes, por la ciudad olímpica se sigue moviendo mucho del money de la fermentación alcohólica.

Lucy Shaw, periodista de The Drink Bussiness, me lleva al Gordon’s Wine Bar, un clásico cerca en Embankment. Pides la botella, la pagas, coges algo de picar y compartes charla con los compañeros del after-work. Su blog se llama como el mío pero en singular (Wine and the City) y se define como una English Urban Wine Lover. Le pregunto cuál es la última novedad en Londres y me responde que Hedonism Wines. El por qué lo descubro al entrar en esta tienda tienda del barrio de Mayfair…

Se trata de una habitación diseñada expresamente por diferentes artistas para contener el vino de culto californiano Sine qua non. Todos los grandes cruimaginables en formato grande (y cuando digo grande es mucho más que un mágnum). 5.000 vinos, 1.500 espirituosos… Pas mal!

La joya de la corona es una botella de Penfolds Block 42 valorada en 120.000 euros. Cuando quieres bebértela viene el enólogo australiano a abrírtela. Va con el precio… El secreto de Hedonism es que sirve a domicilio al momento, sobre todo a hoteles y restaurantes de lujo, para que no tengan que soportar el coste de estas botellas. Para los compradores (o mirones) hay vinos a copas y champagne a copas con las nuevas máquinas de autoservicio Enomatic. “Nos basamos en la calidad, no en el precio” me explica su propietario ruso.

3325561207_c204aae309_zMientras, en otras partes de la city, están cerrando una media de 35 pubs a la semana. Sucede, sobre todo, desde que se prohibió fumar en la public house. En ese momento el pub dejó de ser una extensión de la casa de los ingleses en la que la cerveza era más barata que el agua.

Ahora triunfan los gastropubs con cartas de vinos. Los vinos italianos representan la mayor parte del mercado londinense, seguidos de los de Francia y España, con una presencia espectacular de vinos del Nuevo Mundo hasta en el supermercado del barrio más normal. Es lo que tiene la Commonwealth…

Pero cada vez es más fácil encontrar vinos ingleses. ¡No pongáis esa cara! Los Sparkling Wines han ganado las últimas ediciones del concurso internacional de espumosos Bollicine dil MondoEs lo que tiene el calentamiento global: aparecen nuevas zonas de producción. También en el Reino Unido. ¡Quien tuvo, retuvo!

Meritxell Falgueras

* Foto: Flickr (John Goode) / Tienda Hedonism (http://hedonism.co.uk)

El Alma del Vino

Fuente: Flickr*

Fuente: Flickr*

Una noche el alma del vino cantaba en las botellas / hombre, oh querido desheredado, hacia ti dirijo / desde mi prisión de vidrio y mis lacres bermejos / un canto lleno de luz y fraternidad
(Charles Baudelaire).

Dicen que el vino no es una bebida para saciar la sed. Que es una bebida para filosofar, crear, imaginar, conversar. Esto le da una aureola casi mística que la historia de las religiones y rituales ha ido alimentando en nuestra civilización. La parte del volumen de un alcohol que se evapora durante su envejecimiento en barrica se llama part des angesLa leyenda cuenta que se lo beben los seres celestiales.

Esta expresión representa la parte divina del vino, la pequeña magia de cada fermentación, los sabores irrepetibles de cada botella. A veces se prueban grandes vinos, enológicamente hablando, que no te llegan a emocionar. Y otros con más defectos llegan hasta el corazón: ¿es esto el alma del vino? Los vinos con personalidad, ¿nos pueden servir de poción para el ánimo?

En Chateaux Lascombes, mientras me contaban orgullosos que tenían como asesor Michel Rolland les pregunté si no temían por la originalidad de su vino. Me explicaron que no hiciera caso de la película Mondovino, que Rolland era un buen profesional y que se basaba en el terroir para elaborar los vinos, y que por eso todos seguían teniendo unas características únicas e inimitables.

El propietario de Vega Sicilia me contó en una ocasión que el secreto era hacer la cosas siempre lo mejor posible, con esfuerzo, observación y capacidad de mejorar. Josep Maria Albet (D.O. Penedès) da fe de la historia líquida de cada año en sus cavas con un cupage de honestidad y sentido común. La filosofía que hay detrás de cada bodega parece ser la que define aquello que no se puede medir en el  vino. O puede ser que sea la manera en que nosotros lo percibimos.

Un día, presentando a Mariano García y sus dos hijos, me preguntaron de qué bodega eran, y exclamé sorprendida: ¡¿Pero es que no se intuye por sus caras?! ¡Mauro, San Román, Astrales, Aalto, Ramiro´s! Y es verdad, algo del atractivo de estos tres hombres está en sus vinos. Vinos con carácter y con una estructura ágil, proporcionados y con un aroma de sonrisa picaresca. Tal vez el sabor del vino sea reflejo del carácter de su creador.

El alma del vino es algo que no se produce con la técnica. Anselm Selosse delchampagne Jacques Selosse, uno de los más admirados por los expertos, tiene un cártel en la entrada de su bodega: “Mis viñas no conocen las relaciones públicas”. Le pregunté a este prodigioso viticultor biodinámico qué era el alma del vino y él se dedicó a quemar papeles en la tierra antes mis ojos atónitos. “El alma del vino no se mide, no está, sólo se siente en la tierra, el aire, el agua y el fuego”.

Al contarle esto al mítico Isacín Muga, de Rioja, se rió y me enseñó la palma de sus manos. Tal vez allí, en la rugosidad de una vida entregada, estaba la simpatía de su vino.

Llegamos a la misma conclusión de la que partíamos: el vino con alma desprende sentimientos. El vino perfecto no existe, aunque tal vez no nos gustaría. El vino, como las personas, nos gusta o no por lo que es, no por el análisis de sus propiedades si no por su autenticidad. Por lo que nos atraviesa alma.

Meritxell Falgueras

*Fuente: Flickr – Jenny Downing

Hallo-wine y el vino sin miedo

Miedo, cortesía de iamato -Flickr

¿De qué tenemos miedo en el mundo del vino? Los fantasmas son las añadas no vendidas. Los monstruos encerrados en el armario son las facturas que no se saben cuando se pagaran. Los ojos rojos de no poder crear nuevos productos. La chepa de la deformidad del mercado. Todos tenemos miedo… Y a veces el miedo si se deja sentir no es tan grave. Aunque a todos nos gustaría escapar de la realidad para vivir en la protección de un paréntesis donde el tiempo tuviera más horas y que cuando toda la crisis pasara volviéramos ganadores. Pero las guerras no las vencen los cobardes, si no los que se enfrentan a sus miedos y los superan. Hay muchas bodegas que ya han abandonado y que aterrorizan con sus dos por uno… Que asesinan sus vinos para no dejar de hacer un gran reserva. Muchos periodistas que ya no aguantan la demora del pago de los medios y prefieren hacer un trabajo más seguro. Freddy Krueger no te dejaba soñar, porque si no te comía. El coco también y todos están en el mismo saco del hombre que lo lleva. Fumamos para poder respirar la vida con tranquilidad aunque nos mate lentamente. ¿Necesitamos un exorcista? No, tal vez, sólo necesitamos un héroe, como los cuentos de hadas que acaban bien. Beaujolais noveau est arrivé es un lema repetido hasta la saciedad, conocido y querido, porque significa que ya ha llegado el tercer jueves de noviembre. Nos dice que la vida continua, que vuelve a llegar el invierno, que volvemos a catar la cosecha el año, la historia líquida del 2010. Los franceses han conseguido que la bienvenida al vino de gamay elaborado con maceración carbónica se convierta en una fiesta, en una tradición, en un momento esperado de consumo. Un vino que hace olvidar los zombies del Halloween ¿Quién se acuerda de nuestro vino joven? “En Sant Martí mata el porc i enceta el vi” dice el proverbio catalán y rememora  la rama de pino en las bodegas para anunciar que a partir del 11 de noviembre ya se podía gozar del vino del año. Un vino travieso, fácil, simple, vital, lleno de energía, alegre, divertido, frutal, ácido, nervioso, sincero. Los cosecheros de Rioja llenan las noches en Haro de vinos simpáticos que tan bien sientan fresquitos. En un momento donde el precio del vino se mira tanto, ¿cómo que un vino sin maquillaje y con la belleza varietal que brilla por si sola no es el rey del mercado? Parker vaticinó que al vino español le sobraba madera, pero al consumidor le parece que el vino joven no tiene bastante categoría, sobretodo si no es francés. ¿Por qué no lo ponemos de moda? Vinos con luz que palpitan y que llenan de ilusión, pues nos anuncian, que en breve, los adornos de navidad empezaran a destellar. Un vino con ímpetu, valiente y valioso que puede ser la mejor pócima de este noviembre.

EL VINO Y EL AMOR

El vino forma parte, junto al amor, de las delicias de la vida. El vino se relaciona con los placeres sensuales y el beber bien pertenece a la cultura del erotismo. Eurípides decía que donde no hay vino no puede haber amor. El vino que compartimos en una mesa para dos muchas veces se convierte en nuestro preferido, no por el gusto del vino, si no por el de los labios que lo acompañan. San Valentín es la gran excusa para celebrar el amor por el vino con nuestro amado o amada. Es verdad que muchas de las botellas que se abren corresponden a este romanticismo del vino. ¿Quién no ha descubierto en su primera cita (aunque el vino fuera un “lambrusco”) la pasión que hay detrás del vino?

El vino y el amor es un maridaje histórico. Dionisos era dios de la embriaguez divina y el amor más encendido. Las mujeres eran las más fieles seguidoras del dios, en forma de nodrizas, amantes o frenéticas bacantes. Este dios, propiciador de placeres, goza de una vida muy promiscua en las historias ancestrales. Sus más famosas conquistas son la mortal Ariadna y la diosa del amor profano, Afrodita-Venus. Jugar al amor cuando uno está ebrio es una usanza casi tan antigua como el mismo vino. Los “Octavos”, juegos originarios de la Grecia Magna, eran ritos erótico-dionisíacos que consistían en beber tantas copas de vino como letras formaban el nombre de la amada. Así el banquete griego que en un principio utilizaba el vino para filosofar se sexualiza. Ovidio anticipó el ritual que se desarrollaría en las bacanales romanas con su sentencia: “con amor, el vino es fuego”. En el Antiguo Testamento la vid es símbolo de fertilidad y también de reproducción humana. Lot es emborrachado por sus hijas porque éstas no quieren que se extinga la especie y así pueden copular con su padre. En la tradición judío-cristiana el vino es visto de manera positiva como creador de uniones. Pero en este capítulo de Lot y de sus hijas demuestra como el mosto fermentado bebido con desmesura lleva a cometer actos impuros. Prosiguiendo en la historia del erotismo del vino, la poesía persa en boca de Omar Khayâm implica el hedonismo de beber y de amar. Después la mística sofí recogerá esta tradición para llegar a la divinidad, perpetuando la imagen del vino como potenciador del amor. Así en la Edad Media, encontramos como el Arcipreste de Hita en El libro del Buen Amor, nos cuenta como Venus y Bacus son inseparables compañeros. Giacomo Casanova en Histoire de ma vie escoje a modo de maridaje los mejores vinos para conquistar a las mujeres. El vino está íntimamente ligado al imaginario del placer en el siglo XVIII y a partir de ello se define el rol social que tiene en la actualidad.

Pensemos en la publicidad, en cómo los anuncios de alcoholes siempre aluden al mito primigenio de Dionisio donde la noche, el vino y la música acercan a las mujeres y los hombres. Una cita con un buen vino da pie a hablar de amor, y tal vez a tomar una última copa, aunque esta ya será en otro ámbito. El vino que nos acerca al amor y nos obliga a compartir una botella llena de sentimientos. Después de un invierno malo, llega una nueva, y con ella el amor y florecientes oportunidades de mercado.

 

Meritxell Falgueras para MERCADOS DEL VINO Y LA DISTRIBUCIÓN

Nonno Cicco y el VINO

– ¿El señor querrá una copa más de vino?- el camarero preguntó atónito al ver que me salía de la boca la voz del recuerdo….-“El día que rechazaré un vaso de vino será porque estoy a punto de morir”- La frase de mi abuelo, el nonno Cicco, era un eco que alimentaba mis actos. La había oído siempre de sus labios cuando mi abuela le preguntaba, de forma retórica, si quería acabarse la botella. El recuerdo me obligó a decir que sí a esa copa de vino. A esa copa, y a las siguientes…
– Perdone, ¿seguirá con el vino tinto para los postres?
Debido a mi trabajo se suponía que tendría que saber que para los postres hay una variedad increíble de diferentes clases de vinos con que maridarlos, para que comida y bebida puedan acabar de definirse y brillar en la boca del comensal. Pero en mi intimidad, seguía combinando el vino tinto con todo. Tal vez porque desde pequeño, esa fue mi merienda. La parte más dulce de cada día… Y acabé refutando el último plato de la cena pero acepte esa última copa de vino tinto. Sería la última tomada con inconsciencia, de forma mimética, como lo había visto en casa del padre de mi padre.

Nonno Cicco, Francesco pero con el diminutivo italiano, había llegado al Priorato huyendo del fascismo de la época de entreguerras, para encontrarse con otro dictador con su mismo nombre. Por suerte, el vino catalán era tan bueno como el de su pueblo, al Sur de Nápoles. Y así pudo continuar haciendo lo único que sabía hacer: beber y vender vino. Su familia se dedicaba a vendimiar las tierras de un de esos hombres que fueron nobles antes de la República y el des de chico, las iba a vender por el pueblo. Algo no muy diferente a mi trabajo de comercial de vinos. El nonno Cicco, decidió escapar de la pobreza de las malas cosechas y venir a España. Creía que aquí las mujeres tenían perfume de barrica nueva y sabían a vendimia fresca pero al final prefirió la madurez y la robustez de los vinos de la región. Se casó con mi abuela. Su familia tenía los mejores viñedos de Falset y organizó sus montañas en terrazas. Los veranos mis padres seguían trabajando en Barcelona y yo me iba a hacer compañía al abuelo, ya viudo, en aquellas montañas de Tarragona.
Nonno Cicco no sabía cocinar, de eso siempre se había encargado la abuela. Siempre tomábamos “pà amb tomàquet”, con algún embutido y un buen vino de Capçanes. A veces, Nonno Cicco bebía tanto que se le acababa el buen vino de la cooperativa y cogía aquel vino suyo, de viñedos no podados y provenientes de una barrica centenaria, de la cual sólo salía mosto fermentado de poca graduación y avinagrado. Entonces, el viejo me sonreía y me decía: “que no te las den con queso”. Por nuestras tierras siempre había oído este dicho popular. Nono Cicco, me contó que en sus partes el vino malo acompañado con el “finocchio” (hinojo) entra mejor. En italiano el verbo “infinocchiare” significa, de manera popular, “engañar”. Después al dedicarme a comercializar el vino entendí como me podía servir aquella receta para aumentar mis vendas aunque no fuera una buena cosecha. El maridaje con el queso ayudaría a recompensar esos vinos con ácido láctico marcado y ayudar a hacer más suaves aquellos que aún no habían hecho la fermentación maloláctica. No es que mintiese sobre las cualidades del vino pero es verdad que no confiaba en poderlos explicar y siempre acababa por marinarlos con hinojo.
Tantas fueron las cosas aprendidas en la niñez en esa casa “tarragonina” que tenía terrazas de viñedos por jardín me ayudaron en el futuro, cuando la pizarra de la tierra dejó de ser un juego para ser un negocio. Pero lo que más me gustaba era la receta estrella del menú de mi abuelo: nuestra merienda secreta. Tanto yo por ser menor de edad, como él por tener tendencia a la diabetes no podíamos tomar ese rico manjar. Aún así, él continuaba preparándomelo y yo comiéndolo. Creía que era un rito emocionante porque estaba prohibido. Después he entendido que principalmente lo hacíamos porque era lo que nos unía. Tiempo más tarde fué lo que nos separó. Nuestro secreto era mojar el pan duro en vino tinto y ponerle azúcar encima para combinarlo con un vasito de vino rancio de Falset. Con el dulzor de la oxidación me aficione a tener el post-gusto en boca del cáliz de la gastronomía. Ese pan de cada día teñido de color rubí y convertido en dulce. Esta receta es fácil, simple y vulgar pero es muy difícil acertar las dosis. Estas se conocen probando, equivocándose y degustando. Hubo un período en que no deguste la vida y esta se me iba tragando la voluntad. Bebía como el Nono Cicco, sin importarme el que, pero sin dejar de hacerlo. Nono Cicco había brindado con la muerte el día que rechazo esa última copa de vino. Vino proviene del latín “vis” (fuerza vital) y tal vez es esa fuerza de vida que produce el misterio de la fermentación y convierte el azúcar en alcohol. Demasiado azúcar en sangre mató a mi abuelo. El alcohol casi me mata a mí. Confundí las catas en barras de bar donde olvidar mis raíces. Y me echaron del único trabajo que podía hacer, vender vinos. Aunque poco sabía de ellos, no intenté entenderlos, eran simples mercancías…¡bastante tenía con entenderme a mí!

Y yo acabé malentendiéndolo todo y sin esforzarme en comprender la vida, me la quería beber… Y bebí hasta que la vida no me impuso un marcado “stop”. Cuando me despidieron por conducir ebrio el coche de la empresa y me enfadé mucho. Me enfadé con el mundo y conmigo mismo, porque me habían pillado. Sólo después de malas vendimias seguidas de mejores añadas, entendería que soplar delante de los policías me había salvado la vida. Pagué la multa, dormí la mona, hice los papeles del INEM y me escapé a Burdeos. Esperé encontrar allí, los paisajes de mi infancia y una formación para mi futuro. Empecé a amar el vino el día que supe decir “no” a esa última copa. Aprendí que no era mi abuelo, y que no moriría si me negaba a los caprichos de una adicción. Aprendí que con ese “no” daba cabida a la vida y mi vida se transformó. Dejé de beber mucho y empecé a beber bueno. Dejé de comercializar vino para aprender a amarlo. Estudiar su composición, sus posibilidades, clases y lugares me sirvió para querer catar tantos tipos de bebidas sin necesidad de tragarme su alcohol. Gracias a ello me convertí en un gran sommelier en Paris y ahora vuelvo a casa, siendo mejor persona y teniendo mejor salud. Tal vez sea como los vinos y gano con la edad, porque soy de buen roble, una vez me ha podado la vida y me ha hecho brotar. A las malas añadas les siguen mejores vendimias y siempre se puede mejorar en el laboratorio lo que nos regala la naturaleza…. Aunque el buen vino destaca ya en sus raíces, lo confirma en su crecimiento y aún sufriendo un estrés hídrico supera las dificultades climatológicas dando pocos granos pero cargados de cualidades organolépticas. Al ser un viñedo joven tardé en sembrar buen abono pero al estar en la tierra adapta pude por fin florecer en primavera y matar los parásitos que querían dañar mis frutos. Eso y mucho más intento transmitir con la descripción de una copa de vino, porque cuando la compañía es buena, este néctar se tomado con un trozo de pan y azúcar deviene una pócima mágica. Pero como toda magia según con que fin se utilice puede ser maravillosa o un encantamiento que nos hace perder el sentido de la realidad.

Como profesor de cultura del vino en Barcelona explico a mis alumnos que el vino no es una bebida cualquiera. No está para saciar la sed o para drogarse. Y el vino es un alimento, ya lo era en la Edad Media donde se tomaba más que el agua por temor a que ésta estuviera contaminada y para dar las proteínas necesarias para las fatigosos días de trabajo en el campo. Por eso no me avergüenzo en proclamar una receta simple a base de vino, porque para los de mi oficio es igual de prestigioso saber interpretar una copa que un plato. Todo es cuestión de sensibilidad y de querer transmitir. Cocineros, profesionales de la hostelería y sommeliers estamos casados con el placer hedonístico de hacer de un acto reflejo, como es comer o beber, todo un arte. El vino tiene un papel simbólico en las sociedades, desde la Grecia Arcaica hasta llegar a ser sangre divina en nuestra tradición judeo-cristiana. Así pues, cuando brindemos con el vino tenemos que volvernos más divinos, no debe ser para justificar una actitud diabólica. Así me despido delante de mi curso de primero de sumiller y celebramos mi clasificación para el Mundial 2007 en Barcelona. No sé si podré ser el mejor sumiller del mundo, pero junto a mi pan bañado con vino tinto y azúcar, seguro que todo pasará mejor. Aún así sé que el dulzor de la vida no está en el paladar. Aunque el pan duro de nuestra realidad se pueda emblandecer con el alcohol del olvido, no hay nada mejor que conocer la mesura de la experiencia para crear la esencia del éxito de cada bocado. Sin sumergirme en el vino rancio la fuerza vital está en mi espíritu y no depende de un último sorbo. Pero no por eso la receta de mi Nono Cicco deja de ser, aún el paso de las añadas, un reflejo de la cultura de los paisajes de viñas y un clásico de los amantes de la tradición vinícola del mediterráneo. La uva deja de ser una deliciosa fruta en la naturaleza para ser la exquisita bebida transformada por las manos del hombre. Junto al pan, símbolo de la tradición y la fuerza del azúcar…¡”ecco qui” la receta!. Y mientras el abuelo Cicco brinda con la muerte con su vaso de vino, yo degusto la vida con mi copa. ¡A la salud!

Meritxell Falgueras Febrer.

EDITADO EN “CUADERNOS EL FOGON” EDITORIAL ZENDRERA

Mi abrigo Margaux

Me puse mi abrigo rojo para ir al Chateaux Margaux, creía que iba con esa casa señorial y con sus flores de la entrada. Siempre la había visto en la etiqueta de las botellas que con cuidado limpiaba y a algunos privilegiados vendía. Aún así me imaginé la casa envuelta de flores rojas. Dicen que los vinos de esa región son los más femeninos de Burdeos e imaginaba los taninos de cabernet sauvignon deslizarse por mi boca. Ese día tenía cita para catar la añada 2006 “en premier” y aunque era muy temprano fui puntual. Era mi oportunidad de catar una copa de vino sin tener que pagar por la botella. La verdad es que estaba excitada por pensar que probaría ese vino fetiche para mucho de los sumilleres. Al entrar, la majestuosidad de la casa se impuso a mi imaginación. Me imaginé siendo dueña y señora del castillo, de sus cepas, de sus vistas y de su tradición. Los négociants empujaron a los visitantes a la sala para catar. Era la única mujer que iba a trabajar. Había un par más, vestidas de Dolce&Gavana y Gucci, que iban a acompañar a sus maridos. Ellas probarían más veces que yo ese vino, pero no lo sabrían apreciar. Les faltaba la atmósfera creada por el deseo. Los otros comerciantes de vinos que cataban conmigo imaginaban su potencial al cabo de los años y lo que ganarían si podían conseguir suficiente cupo. Yo sólo quería que el vino me penetrara. Pensaba que así, tal vez me sentiría más vacía. Tal vez, como una poción, me haría señora de la maison.
El maître de cave empezó a repartir las copas. Habló de pluviometría, de número de botellas y de cosas prácticas. El vino no me supo tan bien, me decepcionó como aquellos hombres que imaginas ideales y que sorbo a sorbo sólo te emborrachan. Cuando aún no había acabado de degustar el vino ya nos estaban echando fuera. Decidí que me lo acabaría en la frialdad de la vieja bodega. El enólogo, que me había parecido menos expresivo que el vino, se dirigió hacia mi. “Ya me voy” solté en un español borde. Él me miró y su mirada había cambiado. “Non allé, si vous plait”.
Había sido mi abrigo rojo, me contó. Pero luego el color de mi pelo, mi tipo de piel, mi voz, se había quedado sin palabras. Me dijo que no me fuera, que de donde era, que qué hacía. Con mi francés-inglés no entendía porque este hombre tan ocupado en una semana que todos los máximos compradores mundiales vienen a probar los caldos de Bordeaux. No me escuchaba, sólo me miraba pero sin verme. Observaba como me movía al hablar, mis gestos al moverme, pero no estaba en ese martes de buena mañana de principios de abril. Estaba en otra época. En una en la que fue más joven y seguramente más feliz.
El vino es alguien vivo que con el tiempo va cambiando. Algunos mejoran con los años, otros no. Las personas también dependen de la crianza. Hay botellas que esperan a alguien que las abra. Copas que necesitan oxigenarse para que alguien las entienda. Así entendí yo el post-gusto de Margaux. Sí era algo muy femenino, la esencia del tiempo, el marchitar de las rosas.
Ese hombre había amado y su vino era reflejo de ello. Había amado con mucha pasión, tanta que su bouquet era de tristeza. No le pregunté el tipo de vinificación ni el clon de uva. Le pregunté por ella. Ella, me dijo, era como tú. Le había recordado a su primer amor. A veces comentamos, parece que sea el único. Nunca más se ama con la misma intensidad o tal vez es el recuerdo de ello que no se puede comparar con nada. Como la primera vez que se va a El Bulli o la primera botella de Grand Cru que tomaste. La mía fue una Fleur Petrus del 97. Ya ningún vino me impresionó jamás igual, tampoco ningún hombre superó al primero que me hizo girar la cabeza. Yo era la copia de su gran amor pero sin el paso del tiempo. Fue como abrir una añada vieja, cuando ves que el vino a evolucionado y que aunque era la historia líquida de un año, se convierte en el documento de lo que ha pasado des de entonces. Mi físico y mi manera de beber le recordaron a Madeleine, su chica de una añada pasada. Y no fue hasta ese momento que se dio cuenta que el mejor vino esta por hacer pero que las grandes historias sólo se recuerdan. Las lágrimas del vino no fueron las únicas que derramó delante de esa copa. “¿Y porque no la busca?” le pregunté. Me dijo que el aroma sólo se siente en un momento y que su vida ya era otra. Pero me pidió, por favor, una foto mía en el Chateaux Margaux para tener la imagen del recuerdo que le faltaba. Me prometió que siempre que iría a Chateaux Margoux una alfombra roja abrigarían el suelo.

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