Que los restaurantes no se suban a la parra

Artículo de Meritxell Falgueras publicado en el blog Tinta de Calamar (Cadena SER)

No me gusta criticar porque creo que arruga pero, ya que es el deporte nacional, voy a amargarme un poco para decir lo que no le he dicho a la cara a los (malos) restauradores y sumilleres.

Los  profesionales a los que me refiero en los siguientes 10 puntos son minoría, por suerte, pero su forma de trabajar daña a los que sí ofrecen un buen servicio.

  1. No quiero acabar con tendinitis cada vez que tengo que escoger un vino. ¡He venido a cenar con mi marido, no a leerme una guía! El sumiller eres tú y me tienes que facilitar la elección.
  2. Estoy cansada de que me den vinos naturales que no entienden ni ellos y de que me expliquen lo buenos que son los vinos biodinámicos cuando ni siquiera saben cómo se hacen realmente.
  3. Detesto que me cuenten historias raras y que luego el vino no dé la talla. Lo líquido tiene que estar bueno per se. Después viene todo lo demás.
  4. No entiendo por qué me dan vinos que vienen de lejos cuando tenemos vinos tan buenos tan cerca. Parece que siempre lo de fuera es mejor y acabo tomando los mismos vinos en todo el mundo: empezamos con un Champagne, después un Sauvignon Blanc de Nueva Zelanda, un buen Bordeaux…
  5. Quiero que me ofrezcan siempre (y no sólo cuando voy con una cámara de televisión) una bolsa para que quien no se acabe el vino en el restaurante pueda tomárselo en casa.
  6. Estaría bien que el sumiller, en vez de darme lo que él quiera, siga la idea de lo que a mí me apetece beber.
  7. Es feo que se aprovechen de ti. Cuando me dicen “ya te pongo yo el vino” espero que sean coherentes con el precio porque después soy yo quien paga.
  8. ¡Vinos a copas que no sean un atraco a mano armada, por favor!
  9. Para rematar el capítulo de los precios, siempre he defendido un porcentaje de beneficio (¡hasta la multiplicación del importe!) por el servicio en copas, la temperatura, el maridaje o la explicación, pero lo que no soporto es el aumento que el bodeguero tiene que hacer por culpa de los malos restauradores. Los que compran el vino muy barato, lo pagan a seis meses y se lo llevan in situ, son los mismos que después de haberlo vendido no pagan sus deudas. Dan ganas de ir y cobrárselo con una cena a base de caviar y ostras. Por su culpa muchos distribuidores y bodegas se están arruinando. Después ese plus lo tienen que recuperar con los “buenos” restauradores que llevan los cobros al día. Porque vender es difícil, en estos días, pero lo más difícil es cobrar.
  10. Mi última queja va para los baños, que es donde realmente acaba la ingesta del vino. No me considero tan tonta (ni tan lista) como para no saber cómo va el grifo cuando me voy a lavar las manos. Creo que el diseño tendría que estar al servicio de la practicidad, no al revés, pero más de una vez me he quedado con el jabón en las manos sin entender por dónde sale el agua y he tenido que acabar pidiendo ayuda. Y eso por no hablar de cómo secarse las manos o de dónde encontrar un rollo de papel higiénico. Algo tan simple que a veces se olvida…

No entiendo por qué es tan difícil encontrar sitios que lo tengan todo. Por ello, cada vez que encontramos un buen restaurante que trata al vino con la naturalidad que le corresponde, apreciémoslo y paguémoslo a gusto.

Meritxell Falgueras

 

Fuente imagen: Flickr – Uncalno Tekno

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