Vinos y leyendas

Artículo de Meritxell Falgueras publicado en el blog Tinta de Calamar (Cadena SER)

Vinos y leyendas

¿Quién no ha oído la historia de uno que fue al Bulli, se equivocó al pedir el vino y le trajeron una cuenta de más de 2.000 euros? Por suerte, al cerrar se acabó el mito porque me contaron tres veces casi la misma historia. Y cuando pedían la cuenta el mismo Ferran Adrià venía a saludarles y a decirles que, por supuesto, estaban invitados a la cena. Pidieron dos botellas que no podían pagar ni con todas las tarjetas de crédito de la mesa. Pero siempre es el primo de la amiga de un compañero de trabajo. Nunca nadie conoce directamente a la víctima.

Para asegurarme le pregunté a Ferran Centelles, el sumiller del Bulli, que seguirá teniendo su papel en la fundación. A la gente le encantan las historias de miedo y el vino, como cualquier otro tema, puede acabar protagonizando un cuentoLas leyendas urbanas tienen eso: son mitos, sucesos que no se han demostrado o que, directamente, son mentira pero que la gente tiende a creerse… por si acaso.

La cucharita para los espumosos, es otro gran ejemplo. Siento decirle a los miles de bebedores que lo hacen a modo de costumbre que su efecto es prácticamente nulo. Solo podría aportar una mínima acción antiesbrabante por ser de acero inoxidable y, en la nevera, funcionaría como catalizador de temperatura y con el frescor habría menos desprendimiento de carbónico. A parte de eso, lo otro es psicológico.

¿Queréis más? ¡La de los Petrus falsos! ¿O pensabais que el vino iba a ser menos que un Prada? Pues no, no se escapa de las etiquetas falsas que intentan reproducir la marca con productos de una calidad para nada ecuánime. Lo que es un plasticazo imitando a un bolso de piel, lo puede ser un vino mediocre haciéndose pasar por un Grand Cru bordelés. Las víctimas: mercados asiáticos jóvenes en el consumo y especialistas en el tema de las copias.

Otra de mis leyendas urbanas preferidas: las 1.000 cosas que le echan al vino, cuando fermenta, para que coja sabor. Rumores de quiebras familiares y elcritiqueo propio de la envidia (que siempre es mejor que dar pena). Si se ordenasen debidamente podrían dar pie a una publicación del tipo Qué Me Catas, con historias como la de aquel sumiller que no se puede ver con aquel otro elaborador y que, una vez, casi se pegan en el hall de un hotel.

Podría hablar también de los puestos de poder vitalicios de los que gozan algunos personajes con puestos dictatoriales, o de que tal crítico no supo diferenciar unriesling de un chardonnay. O de que si tal periodista trabaja para una marca en concreta y le pasan un sueldo. O de que el jurado de x concurso estaba trucado. O de que los vinos biodinámicos son algo de hippies y que los ecológicos son sólo cuestión de marketing. O de que si a tal bodega le quedan cuatro telediarios y dan vino pasado y de cupages de distintas calidades. Y así no acabaríamos nunca…

¡Si mafia y corrupción seguro que hay! Como en toda la viña del señor… Pero más en la distribución de vinos, que es un pirateo continuo, donde ya no hay fronteras ni elegancia. Lo importante, de todas formas, es que hay tantísimas historias increíblemente falsas como verdaderos mensajes de sonrisas embotelladas que vale la pena degustar.

Ya se sabe que las leyendas urbanas son relatos del folklore contemporáneo que, pese a contener elementos inverosímiles, se presentan como hechos reales sucedidos en la actualidad. Todo ello se va fosilizando en nuestra historia y en nuestra mente.

Mirando el lado positivo, el vino aún se ha llevado la mejor parte si lo comparamos con los perros que se sirven en la restauración china o el bulo de que la Coca-Cola puede deshacer un trozo de carne. Y el consumidor, por si acaso, vuelve a preguntar que esa botella de vino cuesta 10 euros, no sea que se hayan olvidado un par de ceros y que les pase como esas dos parejas de amigos que fueron al restaurante de Roses y pidieron un vino que les sonaba muy bueno y se habían equivocado con el precio… ¡Seguro que los cocodrilos que viven en las alcantarillas de Nueva York tienen la solución!

*Foto: Flickr – carulmare

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