Las cincuenta sombras del tinto

Hay un libro erótico que el boca a boca lo está convirtiendo en un best-seller. En teoría, las mujeres son menos visuales que los hombres, tal vez por ello, somos menos consumidoras de pornografía pero más imaginativas y a grosso modo mejor lectoras. En otras lenguas el título está traducido como tonalidades, como la gama cromática que observamos en nuestras copas cuando hablamos de un tinto. Que empieza con el negro más oscuro y que con el tiempo los antocianos se desnudan hasta quedarse en los bajos fondos de las botellas. Todos queremos lo que no tenemos. Dicen que las mujeres damos sexo para conseguir amor. Que los hombres dan amor para recibir sexo. Sería este un poco el argumento la trilogía citada. En el vino pasa una cosa parecida: el tinto con el tiempo quiere ser blanco y el blanco, tinto. Y no entremos, si el tinto es más masculino que femenino. Porque este fenómeno de éxito y la lectura no racista de las mujeres en las cartas de los restaurantes lo demuestran. No hay límites coloristas para los que buscan calidad y son sensitivos. Los ribetes son los que marcan la diferencia: de los más púrpuras, pasando por los cerezas, granates, rojizos para acabar en marrón-teja. A veces, pero, como los tópicos literarios hay la sensación que “este vino ya lo he visto”. Podemos leer en todas las guías (del Wine Spectator a la Guía Peñín) una muy parecida descripción visual del tipo “cereza picota, capa alta, lágrima lenta” aunque lleven unos cuantos años en botella. ¿Es culpa del cambio climático o que todos anhelamos la perfección aunque tenga su lado artificial? La dominante parkerarización (entendiendo concentración, alta graduación y potencia) del gusto, la sobremaduración polifenólica, la larga maceración con las pieles y las barricas nuevas tostadas hacen que el terruño quede sumiso. Vinos estandarizados (como el protagonista Christian Grey) que son técnicamente perfectos, como los vinos del nuevo mundo, pero que les falta autenticidad para ser reales. El sustituto de Jay Miller, el nuevo encargado de la cata de la prestigiosa Wine Advocate en España es ahora Neal Martin, un amante de los clásicos Riojas (los de corte clásico como López Heredia han salido beneficiados), añejados, de colores evolucionados. El estilo Parker ya no será sinónimo en la Península de esos vinos de capa alta, de concentración, de añadas jóvenes con alta graduación. Seguirán pero, nominados los vinos a lo Meryl Streep, sin bótox ni el artificio del maquillaje, como los vinos que saben envejecer y adaptarse no dejando que las bombas de fruta eclipsen su alma. Los que se crían en botella y luego salen a la luz con su sabio esplendor. Se dice que “quien tuvo, retuvo”.

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