Los otros maridajes del vino

Los griegos tenían dos leyes para consumir el vino. La primera era que no se podía tomar sólo, es decir que tenía que estar mezclado con agua, resina o especies. Los que no rebajaban el vino en la Antigüedad eran vistos como bárbaros. La segunda ley griega es que el vino no se podía tomar sólo, sin compañía. El vino se tomaba con frutos secos después del banquete y es cuando se filosofaba. Ahora no rebajamos el vino, pero éste sigue siendo el mejor maridaje para las conversaciones más profundas.
El maridaje clásico intenta explotar las cualidades organolépticas de comida y bebida para que éstas se potencien en el dúo. El vino es gastronomía pero sobretodo es un elemento mágico y social. Si me permiten la confidealidad, personalmente elijo los vinos según las personas con quien los comparto, los libros que leo o la situación. Por ejemplo, con mi abuela tomo Verdejos de Rueda porque le gustan las flores. Con el V3, el Aura o Palacios de Bornos nos envuelve la confidencialidad que se armoniza con sus platos guisados de cada domingo. Para “San Valentín” voy a abrir un gran Burdeos para que el vino se vaya abriendo mientras confesamos aquello que necesitamos oxigenar. Con mis amigas del barrio, los viernes, tomamos rosados frescos y afrutados en el mejicano de la esquina. Un viñas del Vero o La Emperatriz de Rioja, para una cena desenfadada que dé sabor a nuestros cotilleos. Con mi madre tomo espumosos con chardonnay como Privat Evolució o el Huguet de Can Feixes porque es la chispa que necesitamos para reírnos aún más. Cuando necesito reconciliarme con alguien le invito a un vino dulce para que enmascare las palabras amargas, como un buen pedro ximénez de Alvear. Con mi padre hacemos catas a ciegas para competir y cuando decidimos dejar de jugar y beber… ¡le abro alguna botellas de las caras! Por navidad, Falgueras tiembla. A mi jefe le regalo vinos que sé que va a apreciar, clásicos y elegantes como un Pintia o un Furvus del Montsant. Mi hermano siempre prueba los vinos Parker que adora comentar. ¡Cuando ceno con él siempre me tengo que despertar un par de veces por la noche para beber agua!. Nuestra botella fetiche de este año: Astrales 2004. Con mi ordenador comparto vinos de riesling que me hacen inspirar. Por suerte, cada año, Josep Roca celebra en Girona la cata de vinos alemanes más importantes de nuestro país, ¡que tanto me ayudan a escribir!
Supongo que cada uno tenemos nuestra carta de vinos predilectos y la mayoría de veces no nos gustan sólo por sus cualidades objetivas. A modo de magdalena proustiana, el vino nos recuerda a situaciones o nos evoca caracteres diferentes. A veces hay clientes que te piden el vino X porque lo bebieron en una boda y creen que es un néctar espectacular. Después lo prueban otro día, sin vestido de fiesta y sin amor y resulta toda una decepción. .Dicen que la vida sólo depende con los ojos con la que la mires. Yo creo que el vino depende de la conversación que te provoca. La mayoría de veces elegimos el vino pensando más si pega con el carácter de la persona que con la comida con la que lo acompañaremos. Al amigo gay le abrimos el vino de Ribera del Duero x para que nos dé su opinión sobre la sexualidad del mosto fermentado. Con el mitómano compartimos el nuevo vino de Serrat, Gotia del Montsant. Cuando vamos a un restaurante estrella, le obsequiamos con el vino “Ramiro’s” del galardonado con una Michelin este último año de Valladolid. Y así vamos poniendo cara al vino, personificando a éste y analizando el olor de nuestro interlocutor.

Meritxell Falgueras

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