D.O. Ribeiro. Turbio no, gracias

“Si queres tratarme ben

Dame viño de Ribeiro

Pan de trigo de Rivadavia,

Nenas de Chán d’Amoeiro”

La cocina gallega es una cocina creada sobre el fondo lírico del paisaje y los productos tradicionales y autóctonos. El vino no es una excepción, es la continuidad de su franqueza gastronómica.

Se podría decir que los buenos ribeiros se definen por su elegancia aromática y su finura en boca. Pero sobretodo, en la vista, por ser limpios, transparentes y brillantes. Es importante recordar esta característica porque aún son muchos los que tienen la imagen de la esta denominación como productora sólo de vino turbio. La turbidez proviene de levaduras en suspensión que no tienen nada que ver con los posos del vino que provienen de la precipitación de las materias colorantes. Este vino, aunque muy difundido, es de escaso interés sensorial y enológicamente es un producto mal hecho.

El turbio es el vino es el más vendido en los restaurantes gallegos, mientras que la denominación de origen se quiere desvincular de dicho producto. En cambio, un producto único del cual están orgullosos los viticultores es el “Tostado do Ribeiro”. Este vino que anteriormente se había utilizado para curar enfermedades o como regalo exclusivo por su alto precio se ha visto recuperado por el conseho regulador de la D.O. Riberio en abril del 2004. Este vino naturalmente dulce de calidad y producido en una región determinada se puede elaborar con las variedades autóctonas de la zona. En blancas tenemos treixadura, louira, torrontés, godello y albariño y como tintas caíño, ferrón, sousón, brancellao y mencía. Los “tostados” más reconocidos son los de D.Rafael Santero de Cuña y D. Saturnino Retuerta de Rivadavia. La pasificación al abierto que sufren estos vinos les da un color ámbar dorado que con la integración de la madera dan aromas a melón maduro y a fruta pasita, y en boca los frutos secos, el torrefacto y la miel son protagonistas. Hay vinos tintos también en la región, aunque no pasan del 15% y se consumen en la zona. Estos vinos tienen notas florales de rosa y violeta cubiertas por series frutales y notas balsámicas. También en los tintos las variedades protagonistas son las autóctonas como sousón, brancellao, caíño, ferrón y mencía, aunque está permitido la elaboración con garnacha, tempranillo.

Los vinos blancos gallegos son reconocidos por los expertos y buscados por los consumidores como los grandes acompañantes de los mariscos. La gastronomía gallega se propaga por la península a través de sus múltiples restaurantes apreciados por el buen tratamiento de la excelente materia prima. Los vinos de Ribeiro tienen el potencial de la uva protagonista de la región, la Treixadura. Esta variedad es resistente a enfermedades y a una maduración tardía aunque estos vinos raramente sobrepasan los 13% volumen alcohólico. Prueba de ello es su sabor untuoso pero fresco debido a la marcada acidez. Esta uva da mucha potencia de aromas de gama floral y sensaciones de fruta blanca, especialmente manzana. Esta D.O. tiene personajes peculiares como el señor Emilio Rojo, su sombrero y poseedor del vino más buscado de la zona. También han empezado a ser reconocidas por la crítica internacional vinos como Gran Remodera y Viña Leiriña. O el vino blanco fermentado en barrica de Viña Mein en San Clodio-Leiro, ideal con unas vieiras a la gallega. Recordemos la importancia que tiene la temperatura en estos vinos blancos, y sirvamos los blancos sin contacto con la madera a unos 7-8 ºC y los de crianza a un par de grados más.

Los monjes del Císter fueron los que mantuvieron la viticultura de esta parte de la Galicia meridional en el borde noroccidental de Ourense. Los ríos Miño, Avia, Arnoia y Bombartiño rigen la geografía de la zona con un clima de transición oceánico-mediterráneo. Esta larga tradición vinícola se vio interrumpida por el oídium que en 1850 afectó a la península y que siguió la plaga de la filoxera. La D.O. Ribeiro (que se instauró en 1932) se recuperó de la crisis y continuó haciendo calidad apostando por las variedades autóctonas. De variedades blancas que no sean autóctonas se plantan palomino, albillo y macabeo. Los vinos blancos de Ribeiro no sólo casan bien con mariscos y pescados sino que también con quesos suaves y embutidos de pasta blanca. Hay infinitas posibilidades de jugar con la frescura del vino con platos de sapidez no intensa. Los vinos de la zona deben liberarse de la imagen de la tacita de barro y la jarra. Este folklore debe dejarse a un lado para que los vinos de Ribeiro se crean el potencial que tienen; capaz de competir con sus vecinos y convertirse en referencia de los blancos españoles. Aunque las más vendida de las D.O. gallegas sea Rías Baixas y la Ribera Sacra sea una zona bellisima, en Ribeiro tienen potencial y no me refiero al vino “Meus Amores” para acompañar la tarta de Santiago, si no a su tradición de hacer vinos limpios con la personalidad de la zona haciendo frontera con Portugal.

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