Hallo-wine y el vino sin miedo

Miedo, cortesía de iamato -Flickr

¿De qué tenemos miedo en el mundo del vino? Los fantasmas son las añadas no vendidas. Los monstruos encerrados en el armario son las facturas que no se saben cuando se pagaran. Los ojos rojos de no poder crear nuevos productos. La chepa de la deformidad del mercado. Todos tenemos miedo… Y a veces el miedo si se deja sentir no es tan grave. Aunque a todos nos gustaría escapar de la realidad para vivir en la protección de un paréntesis donde el tiempo tuviera más horas y que cuando toda la crisis pasara volviéramos ganadores. Pero las guerras no las vencen los cobardes, si no los que se enfrentan a sus miedos y los superan. Hay muchas bodegas que ya han abandonado y que aterrorizan con sus dos por uno… Que asesinan sus vinos para no dejar de hacer un gran reserva. Muchos periodistas que ya no aguantan la demora del pago de los medios y prefieren hacer un trabajo más seguro. Freddy Krueger no te dejaba soñar, porque si no te comía. El coco también y todos están en el mismo saco del hombre que lo lleva. Fumamos para poder respirar la vida con tranquilidad aunque nos mate lentamente. ¿Necesitamos un exorcista? No, tal vez, sólo necesitamos un héroe, como los cuentos de hadas que acaban bien. Beaujolais noveau est arrivé es un lema repetido hasta la saciedad, conocido y querido, porque significa que ya ha llegado el tercer jueves de noviembre. Nos dice que la vida continua, que vuelve a llegar el invierno, que volvemos a catar la cosecha el año, la historia líquida del 2010. Los franceses han conseguido que la bienvenida al vino de gamay elaborado con maceración carbónica se convierta en una fiesta, en una tradición, en un momento esperado de consumo. Un vino que hace olvidar los zombies del Halloween ¿Quién se acuerda de nuestro vino joven? “En Sant Martí mata el porc i enceta el vi” dice el proverbio catalán y rememora  la rama de pino en las bodegas para anunciar que a partir del 11 de noviembre ya se podía gozar del vino del año. Un vino travieso, fácil, simple, vital, lleno de energía, alegre, divertido, frutal, ácido, nervioso, sincero. Los cosecheros de Rioja llenan las noches en Haro de vinos simpáticos que tan bien sientan fresquitos. En un momento donde el precio del vino se mira tanto, ¿cómo que un vino sin maquillaje y con la belleza varietal que brilla por si sola no es el rey del mercado? Parker vaticinó que al vino español le sobraba madera, pero al consumidor le parece que el vino joven no tiene bastante categoría, sobretodo si no es francés. ¿Por qué no lo ponemos de moda? Vinos con luz que palpitan y que llenan de ilusión, pues nos anuncian, que en breve, los adornos de navidad empezaran a destellar. Un vino con ímpetu, valiente y valioso que puede ser la mejor pócima de este noviembre.

EL VINO Y EL AMOR

El vino forma parte, junto al amor, de las delicias de la vida. El vino se relaciona con los placeres sensuales y el beber bien pertenece a la cultura del erotismo. Eurípides decía que donde no hay vino no puede haber amor. El vino que compartimos en una mesa para dos muchas veces se convierte en nuestro preferido, no por el gusto del vino, si no por el de los labios que lo acompañan. San Valentín es la gran excusa para celebrar el amor por el vino con nuestro amado o amada. Es verdad que muchas de las botellas que se abren corresponden a este romanticismo del vino. ¿Quién no ha descubierto en su primera cita (aunque el vino fuera un “lambrusco”) la pasión que hay detrás del vino?

El vino y el amor es un maridaje histórico. Dionisos era dios de la embriaguez divina y el amor más encendido. Las mujeres eran las más fieles seguidoras del dios, en forma de nodrizas, amantes o frenéticas bacantes. Este dios, propiciador de placeres, goza de una vida muy promiscua en las historias ancestrales. Sus más famosas conquistas son la mortal Ariadna y la diosa del amor profano, Afrodita-Venus. Jugar al amor cuando uno está ebrio es una usanza casi tan antigua como el mismo vino. Los “Octavos”, juegos originarios de la Grecia Magna, eran ritos erótico-dionisíacos que consistían en beber tantas copas de vino como letras formaban el nombre de la amada. Así el banquete griego que en un principio utilizaba el vino para filosofar se sexualiza. Ovidio anticipó el ritual que se desarrollaría en las bacanales romanas con su sentencia: “con amor, el vino es fuego”. En el Antiguo Testamento la vid es símbolo de fertilidad y también de reproducción humana. Lot es emborrachado por sus hijas porque éstas no quieren que se extinga la especie y así pueden copular con su padre. En la tradición judío-cristiana el vino es visto de manera positiva como creador de uniones. Pero en este capítulo de Lot y de sus hijas demuestra como el mosto fermentado bebido con desmesura lleva a cometer actos impuros. Prosiguiendo en la historia del erotismo del vino, la poesía persa en boca de Omar Khayâm implica el hedonismo de beber y de amar. Después la mística sofí recogerá esta tradición para llegar a la divinidad, perpetuando la imagen del vino como potenciador del amor. Así en la Edad Media, encontramos como el Arcipreste de Hita en El libro del Buen Amor, nos cuenta como Venus y Bacus son inseparables compañeros. Giacomo Casanova en Histoire de ma vie escoje a modo de maridaje los mejores vinos para conquistar a las mujeres. El vino está íntimamente ligado al imaginario del placer en el siglo XVIII y a partir de ello se define el rol social que tiene en la actualidad.

Pensemos en la publicidad, en cómo los anuncios de alcoholes siempre aluden al mito primigenio de Dionisio donde la noche, el vino y la música acercan a las mujeres y los hombres. Una cita con un buen vino da pie a hablar de amor, y tal vez a tomar una última copa, aunque esta ya será en otro ámbito. El vino que nos acerca al amor y nos obliga a compartir una botella llena de sentimientos. Después de un invierno malo, llega una nueva, y con ella el amor y florecientes oportunidades de mercado.

 

Meritxell Falgueras para MERCADOS DEL VINO Y LA DISTRIBUCIÓN

Nonno Cicco y el VINO

- ¿El señor querrá una copa más de vino?- el camarero preguntó atónito al ver que me salía de la boca la voz del recuerdo….-“El día que rechazaré un vaso de vino será porque estoy a punto de morir”- La frase de mi abuelo, el nonno Cicco, era un eco que alimentaba mis actos. La había oído siempre de sus labios cuando mi abuela le preguntaba, de forma retórica, si quería acabarse la botella. El recuerdo me obligó a decir que sí a esa copa de vino. A esa copa, y a las siguientes…
- Perdone, ¿seguirá con el vino tinto para los postres?
Debido a mi trabajo se suponía que tendría que saber que para los postres hay una variedad increíble de diferentes clases de vinos con que maridarlos, para que comida y bebida puedan acabar de definirse y brillar en la boca del comensal. Pero en mi intimidad, seguía combinando el vino tinto con todo. Tal vez porque desde pequeño, esa fue mi merienda. La parte más dulce de cada día… Y acabé refutando el último plato de la cena pero acepte esa última copa de vino tinto. Sería la última tomada con inconsciencia, de forma mimética, como lo había visto en casa del padre de mi padre.

Nonno Cicco, Francesco pero con el diminutivo italiano, había llegado al Priorato huyendo del fascismo de la época de entreguerras, para encontrarse con otro dictador con su mismo nombre. Por suerte, el vino catalán era tan bueno como el de su pueblo, al Sur de Nápoles. Y así pudo continuar haciendo lo único que sabía hacer: beber y vender vino. Su familia se dedicaba a vendimiar las tierras de un de esos hombres que fueron nobles antes de la República y el des de chico, las iba a vender por el pueblo. Algo no muy diferente a mi trabajo de comercial de vinos. El nonno Cicco, decidió escapar de la pobreza de las malas cosechas y venir a España. Creía que aquí las mujeres tenían perfume de barrica nueva y sabían a vendimia fresca pero al final prefirió la madurez y la robustez de los vinos de la región. Se casó con mi abuela. Su familia tenía los mejores viñedos de Falset y organizó sus montañas en terrazas. Los veranos mis padres seguían trabajando en Barcelona y yo me iba a hacer compañía al abuelo, ya viudo, en aquellas montañas de Tarragona.
Nonno Cicco no sabía cocinar, de eso siempre se había encargado la abuela. Siempre tomábamos “pà amb tomàquet”, con algún embutido y un buen vino de Capçanes. A veces, Nonno Cicco bebía tanto que se le acababa el buen vino de la cooperativa y cogía aquel vino suyo, de viñedos no podados y provenientes de una barrica centenaria, de la cual sólo salía mosto fermentado de poca graduación y avinagrado. Entonces, el viejo me sonreía y me decía: “que no te las den con queso”. Por nuestras tierras siempre había oído este dicho popular. Nono Cicco, me contó que en sus partes el vino malo acompañado con el “finocchio” (hinojo) entra mejor. En italiano el verbo “infinocchiare” significa, de manera popular, “engañar”. Después al dedicarme a comercializar el vino entendí como me podía servir aquella receta para aumentar mis vendas aunque no fuera una buena cosecha. El maridaje con el queso ayudaría a recompensar esos vinos con ácido láctico marcado y ayudar a hacer más suaves aquellos que aún no habían hecho la fermentación maloláctica. No es que mintiese sobre las cualidades del vino pero es verdad que no confiaba en poderlos explicar y siempre acababa por marinarlos con hinojo.
Tantas fueron las cosas aprendidas en la niñez en esa casa “tarragonina” que tenía terrazas de viñedos por jardín me ayudaron en el futuro, cuando la pizarra de la tierra dejó de ser un juego para ser un negocio. Pero lo que más me gustaba era la receta estrella del menú de mi abuelo: nuestra merienda secreta. Tanto yo por ser menor de edad, como él por tener tendencia a la diabetes no podíamos tomar ese rico manjar. Aún así, él continuaba preparándomelo y yo comiéndolo. Creía que era un rito emocionante porque estaba prohibido. Después he entendido que principalmente lo hacíamos porque era lo que nos unía. Tiempo más tarde fué lo que nos separó. Nuestro secreto era mojar el pan duro en vino tinto y ponerle azúcar encima para combinarlo con un vasito de vino rancio de Falset. Con el dulzor de la oxidación me aficione a tener el post-gusto en boca del cáliz de la gastronomía. Ese pan de cada día teñido de color rubí y convertido en dulce. Esta receta es fácil, simple y vulgar pero es muy difícil acertar las dosis. Estas se conocen probando, equivocándose y degustando. Hubo un período en que no deguste la vida y esta se me iba tragando la voluntad. Bebía como el Nono Cicco, sin importarme el que, pero sin dejar de hacerlo. Nono Cicco había brindado con la muerte el día que rechazo esa última copa de vino. Vino proviene del latín “vis” (fuerza vital) y tal vez es esa fuerza de vida que produce el misterio de la fermentación y convierte el azúcar en alcohol. Demasiado azúcar en sangre mató a mi abuelo. El alcohol casi me mata a mí. Confundí las catas en barras de bar donde olvidar mis raíces. Y me echaron del único trabajo que podía hacer, vender vinos. Aunque poco sabía de ellos, no intenté entenderlos, eran simples mercancías…¡bastante tenía con entenderme a mí!

Y yo acabé malentendiéndolo todo y sin esforzarme en comprender la vida, me la quería beber… Y bebí hasta que la vida no me impuso un marcado “stop”. Cuando me despidieron por conducir ebrio el coche de la empresa y me enfadé mucho. Me enfadé con el mundo y conmigo mismo, porque me habían pillado. Sólo después de malas vendimias seguidas de mejores añadas, entendería que soplar delante de los policías me había salvado la vida. Pagué la multa, dormí la mona, hice los papeles del INEM y me escapé a Burdeos. Esperé encontrar allí, los paisajes de mi infancia y una formación para mi futuro. Empecé a amar el vino el día que supe decir “no” a esa última copa. Aprendí que no era mi abuelo, y que no moriría si me negaba a los caprichos de una adicción. Aprendí que con ese “no” daba cabida a la vida y mi vida se transformó. Dejé de beber mucho y empecé a beber bueno. Dejé de comercializar vino para aprender a amarlo. Estudiar su composición, sus posibilidades, clases y lugares me sirvió para querer catar tantos tipos de bebidas sin necesidad de tragarme su alcohol. Gracias a ello me convertí en un gran sommelier en Paris y ahora vuelvo a casa, siendo mejor persona y teniendo mejor salud. Tal vez sea como los vinos y gano con la edad, porque soy de buen roble, una vez me ha podado la vida y me ha hecho brotar. A las malas añadas les siguen mejores vendimias y siempre se puede mejorar en el laboratorio lo que nos regala la naturaleza…. Aunque el buen vino destaca ya en sus raíces, lo confirma en su crecimiento y aún sufriendo un estrés hídrico supera las dificultades climatológicas dando pocos granos pero cargados de cualidades organolépticas. Al ser un viñedo joven tardé en sembrar buen abono pero al estar en la tierra adapta pude por fin florecer en primavera y matar los parásitos que querían dañar mis frutos. Eso y mucho más intento transmitir con la descripción de una copa de vino, porque cuando la compañía es buena, este néctar se tomado con un trozo de pan y azúcar deviene una pócima mágica. Pero como toda magia según con que fin se utilice puede ser maravillosa o un encantamiento que nos hace perder el sentido de la realidad.

Como profesor de cultura del vino en Barcelona explico a mis alumnos que el vino no es una bebida cualquiera. No está para saciar la sed o para drogarse. Y el vino es un alimento, ya lo era en la Edad Media donde se tomaba más que el agua por temor a que ésta estuviera contaminada y para dar las proteínas necesarias para las fatigosos días de trabajo en el campo. Por eso no me avergüenzo en proclamar una receta simple a base de vino, porque para los de mi oficio es igual de prestigioso saber interpretar una copa que un plato. Todo es cuestión de sensibilidad y de querer transmitir. Cocineros, profesionales de la hostelería y sommeliers estamos casados con el placer hedonístico de hacer de un acto reflejo, como es comer o beber, todo un arte. El vino tiene un papel simbólico en las sociedades, desde la Grecia Arcaica hasta llegar a ser sangre divina en nuestra tradición judeo-cristiana. Así pues, cuando brindemos con el vino tenemos que volvernos más divinos, no debe ser para justificar una actitud diabólica. Así me despido delante de mi curso de primero de sumiller y celebramos mi clasificación para el Mundial 2007 en Barcelona. No sé si podré ser el mejor sumiller del mundo, pero junto a mi pan bañado con vino tinto y azúcar, seguro que todo pasará mejor. Aún así sé que el dulzor de la vida no está en el paladar. Aunque el pan duro de nuestra realidad se pueda emblandecer con el alcohol del olvido, no hay nada mejor que conocer la mesura de la experiencia para crear la esencia del éxito de cada bocado. Sin sumergirme en el vino rancio la fuerza vital está en mi espíritu y no depende de un último sorbo. Pero no por eso la receta de mi Nono Cicco deja de ser, aún el paso de las añadas, un reflejo de la cultura de los paisajes de viñas y un clásico de los amantes de la tradición vinícola del mediterráneo. La uva deja de ser una deliciosa fruta en la naturaleza para ser la exquisita bebida transformada por las manos del hombre. Junto al pan, símbolo de la tradición y la fuerza del azúcar…¡”ecco qui” la receta!. Y mientras el abuelo Cicco brinda con la muerte con su vaso de vino, yo degusto la vida con mi copa. ¡A la salud!

Meritxell Falgueras Febrer.

EDITADO EN “CUADERNOS EL FOGON” EDITORIAL ZENDRERA

Mi abrigo Margaux

Me puse mi abrigo rojo para ir al Chateaux Margaux, creía que iba con esa casa señorial y con sus flores de la entrada. Siempre la había visto en la etiqueta de las botellas que con cuidado limpiaba y a algunos privilegiados vendía. Aún así me imaginé la casa envuelta de flores rojas. Dicen que los vinos de esa región son los más femeninos de Burdeos e imaginaba los taninos de cabernet sauvignon deslizarse por mi boca. Ese día tenía cita para catar la añada 2006 “en premier” y aunque era muy temprano fui puntual. Era mi oportunidad de catar una copa de vino sin tener que pagar por la botella. La verdad es que estaba excitada por pensar que probaría ese vino fetiche para mucho de los sumilleres. Al entrar, la majestuosidad de la casa se impuso a mi imaginación. Me imaginé siendo dueña y señora del castillo, de sus cepas, de sus vistas y de su tradición. Los négociants empujaron a los visitantes a la sala para catar. Era la única mujer que iba a trabajar. Había un par más, vestidas de Dolce&Gavana y Gucci, que iban a acompañar a sus maridos. Ellas probarían más veces que yo ese vino, pero no lo sabrían apreciar. Les faltaba la atmósfera creada por el deseo. Los otros comerciantes de vinos que cataban conmigo imaginaban su potencial al cabo de los años y lo que ganarían si podían conseguir suficiente cupo. Yo sólo quería que el vino me penetrara. Pensaba que así, tal vez me sentiría más vacía. Tal vez, como una poción, me haría señora de la maison.
El maître de cave empezó a repartir las copas. Habló de pluviometría, de número de botellas y de cosas prácticas. El vino no me supo tan bien, me decepcionó como aquellos hombres que imaginas ideales y que sorbo a sorbo sólo te emborrachan. Cuando aún no había acabado de degustar el vino ya nos estaban echando fuera. Decidí que me lo acabaría en la frialdad de la vieja bodega. El enólogo, que me había parecido menos expresivo que el vino, se dirigió hacia mi. “Ya me voy” solté en un español borde. Él me miró y su mirada había cambiado. “Non allé, si vous plait”.
Había sido mi abrigo rojo, me contó. Pero luego el color de mi pelo, mi tipo de piel, mi voz, se había quedado sin palabras. Me dijo que no me fuera, que de donde era, que qué hacía. Con mi francés-inglés no entendía porque este hombre tan ocupado en una semana que todos los máximos compradores mundiales vienen a probar los caldos de Bordeaux. No me escuchaba, sólo me miraba pero sin verme. Observaba como me movía al hablar, mis gestos al moverme, pero no estaba en ese martes de buena mañana de principios de abril. Estaba en otra época. En una en la que fue más joven y seguramente más feliz.
El vino es alguien vivo que con el tiempo va cambiando. Algunos mejoran con los años, otros no. Las personas también dependen de la crianza. Hay botellas que esperan a alguien que las abra. Copas que necesitan oxigenarse para que alguien las entienda. Así entendí yo el post-gusto de Margaux. Sí era algo muy femenino, la esencia del tiempo, el marchitar de las rosas.
Ese hombre había amado y su vino era reflejo de ello. Había amado con mucha pasión, tanta que su bouquet era de tristeza. No le pregunté el tipo de vinificación ni el clon de uva. Le pregunté por ella. Ella, me dijo, era como tú. Le había recordado a su primer amor. A veces comentamos, parece que sea el único. Nunca más se ama con la misma intensidad o tal vez es el recuerdo de ello que no se puede comparar con nada. Como la primera vez que se va a El Bulli o la primera botella de Grand Cru que tomaste. La mía fue una Fleur Petrus del 97. Ya ningún vino me impresionó jamás igual, tampoco ningún hombre superó al primero que me hizo girar la cabeza. Yo era la copia de su gran amor pero sin el paso del tiempo. Fue como abrir una añada vieja, cuando ves que el vino a evolucionado y que aunque era la historia líquida de un año, se convierte en el documento de lo que ha pasado des de entonces. Mi físico y mi manera de beber le recordaron a Madeleine, su chica de una añada pasada. Y no fue hasta ese momento que se dio cuenta que el mejor vino esta por hacer pero que las grandes historias sólo se recuerdan. Las lágrimas del vino no fueron las únicas que derramó delante de esa copa. “¿Y porque no la busca?” le pregunté. Me dijo que el aroma sólo se siente en un momento y que su vida ya era otra. Pero me pidió, por favor, una foto mía en el Chateaux Margaux para tener la imagen del recuerdo que le faltaba. Me prometió que siempre que iría a Chateaux Margoux una alfombra roja abrigarían el suelo.